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Autora: Pepa Celaya Armisen |
En 1974 Peter Drucker destacaba en su libro “La sociedad post-capitalista”, la necesidad de generar una teoría económica que colocara al conocimiento en el centro de la producción de riqueza. Al mismo tiempo, señalaba que lo más importante no era la cantidad de conocimiento, sino su productividad. En su obra “Las nuevas realidades” pone en evidencia que sólo la productividad de una nación puede generar equidad entre su pueblo. Las reflexiones de Drucker son más vigentes que nunca. Hablemos pues de la productividad del conocimiento en forma de innovación y del papel que el conocimiento y la innovación ejercen en la productividad de las empresas y su competitividad. De la enorme influencia que tiene su incorporación en los procesos empresariales de organización, producción y comercialización. En el contexto actual de crisis económica, el cambio del modelo productivo es del todo necesario para hacer realidad una nueva estructura empresarial e industrial más sólida, más equilibrada y más sostenible; con nuevos productos, nuevos servicios y nuevas formas de trabajo e interacción. El último informe del Ministerio de Ciencia e Innovación, realizado a partir de los datos de la empresas que solicitan ayudas para I+D+i, nos indica que la inversión en innovación de las PYMES incrementa un 16% su productividad y un 18% el valor de sus exportaciones. Las empresas más prósperas son las que incorporan la innovación en sus productos, en sus procesos, en su comercialización y en su organización. Nuestro país dispone de un sistema de I+D de gran magnitud gracias al impulso recibido en los últimos años desde el Gobierno Estatal y desde algunos autonómicos. Estamos desarrollando políticas de Investigación, Desarrollo e innovación (I+D+i) con una financiación más elevada que nunca; con importantes inversiones en infraestructuras y capital humano; con nuevos instrumentos de financiación; nuevos incentivos fiscales de las actividades de I+D+i, etc. En el 2007 (último año disponible de la Encuesta de Actividades I+D del INE), el Gobierno de España ya había triplicado la inversión en I+D+i respecto al 2004. La Generalitat de Cataluña, -Comunidad Autónoma a la cual pertenezco-, según datos recogidos por la Dirección General de Coordinación Financiera del Ministerio de Economía, la había multiplicado por cinco respecto a 2002. Se han creado nuevas ayudas para proyectos empresariales de I+D desde el CDTI que actúa como ventanilla única de atención a los usuarios; se han simplificado las solicitudes de ayudas y se mantienen abiertas las convocatorias durante todo el año; se ha reducido la exigencia de avales y de garantías financieras para las pequeñas empresas; se han complementado todas las ayudas con tramos de subvención directa; se elaboran informes gratuitos para obtener deducciones fiscales por actividades de I+D; se autoriza el adelanto del 25% de las ayudas; se han diseñado nuevos instrumentos para las PYME como el programa Interempresas y NEOTEC2; se ha consolidado la red PIDI como un auténtico sistema de atención primaria para las empresas interesadas en innovación, etc. Pero a pesar del avance sin precedentes en I+D, el sistema de innovación necesita de nuevos impulsos y estrategias desde todos los ámbitos públicos y privados para que llegue al sistema productivo y empresarial, a los sectores más tradicionales y a los que ya son innovadores, para que la cultura de la innovación impregne y determine nuestra forma de vivir. Para hacerlo realidad es necesaria la confluencia de una multiplicidad de agentes: el personal científico e investigador y sus instituciones; los empresarios con sus equipos de trabajo; los inversores; los consumidores que con su demanda impulsan la innovación animando a los mercados a dar respuesta a sus viejas y nuevas necesidades; y las administraciones con competencias en I+D+i para desarrollar políticas adecuadas que propicien la innovación. Europa cuenta con algunos de los países más innovadores del mundo. Si analizamos lo que tienen en común, veremos que están más preparados para asimilar los nuevos productos, sistemas y tecnologías, para aprovechar el intercambio de las buenas prácticas y aprender. Y respecto a sus empresas, lo más importante no es la inversión que hacen en I+D sino el clima de innovación que poseen, que marca la diferencia en términos de competitividad. La innovación aparece en el contexto actual como un estímulo necesario para construir un futuro de prosperidad. Porque su efecto de transformación permite alcanzar mayores cotas de competitividad y de bienestar, y consolidar fortalezas para afrontar los retos del presente y del futuro en este mundo global y cambiante con grandes amenazas a la calidad de vida de las personas y a su estabilidad. Pepa Celaya Armisen
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